El 17 de octubre de 1945, una movilización obrera irrumpió en la escena política y marcó el nacimiento del peronismo como movimiento de masas. La Plaza de Mayo fue el epicentro de una jornada que consolidó el vínculo entre Juan Domingo Perón, los trabajadores organizados y una identidad política asociada a la representación de los sectores populares. Ochenta años después, la fecha conserva cierto peso histórico, pero ya no funciona como un punto de encuentro capaz de reunir a todas las corrientes que reivindican esa tradición.
Este sábado, el peronismo volverá a conmemorar el Día de la Lealtad con actos separados. Axel Kicillof encabezará una actividad en La Matanza, La Cámpora convocará a una movilización frente a la casa de Cristina Fernández de Kirchner, en Constitución, mientras Máximo Kirchner viajará a Chaco. La CGT organizó su propio encuentro, con un festival musical. El Frente Renovador, los intendentes y otros sectores del justicialismo todavía buscan su lugar en una celebración que solía funcionar como demostración de pertenencia y hoy expone la dificultad de compartir una conducción.
Detrás de cada convocatoria hay una discusión sobre quién tiene autoridad para hablar en nombre del movimiento, qué sectores deben definir su estrategia y qué programa puede ofrecerle a una sociedad que eligió a Javier Milei. La pregunta que atraviesa al peronismo es anterior a la elección de una fórmula presidencial. ¿Qué significa hoy ser peronista y quién tiene la capacidad de traducir esa identidad en una alternativa de poder?
Durante años, el justicialismo logró contener diferencias profundas bajo liderazgos capaces de ordenar las disputas y construir mayorías electorales. La convivencia entre gobernadores, sindicatos, intendentes, movimientos sociales y dirigentes nacionales nunca estuvo libre de conflictos. La diferencia actual, tal vez, radica en que la disputa por la conducción se combina con una crisis de representación que dejó al descubierto los límites de las identidades tradicionales para explicar el presente y convocar a nuevos votantes.
El Día de la Lealtad expone la pelea por el mando del peronismo
Cristina Kirchner sigue siendo una referencia decisiva para una parte del espacio. Su liderazgo conserva capacidad de movilización, influencia sobre La Cámpora y peso en las decisiones del Partido Justicialista. La expresidenta mantiene una estructura política que no desapareció con la derrota electoral de 2023 ni con el deterioro de la relación entre el kirchnerismo y otros sectores del peronismo. Sin embargo, esa centralidad convive con una dificultad concreta. No todos los dirigentes están dispuestos a aceptar que su palabra determine las candidaturas, las alianzas y el programa para 2027.
La situación judicial de Cristina agrega otra dimensión a esa discusión. Su prisión domiciliaria y su proscripción política condicionan el modo en que el kirchnerismo organiza su estrategia. Para sus seguidores, la defensa de la expresidenta forma parte de la identidad y de la disputa contra el Gobierno. Para otros sectores del PJ, el desafío consiste en construir una propuesta que pueda recuperar votos más allá de ese núcleo.
Axel Kicillof busca ocupar ese espacio sin quedar subordinado a las decisiones del kirchnerismo. Como gobernador, conduce el principal distrito electoral del país y dispone de una estructura territorial, intendentes y funcionarios que pueden servir de plataforma para una construcción nacional. Su recorrida por las provincias y el desarrollo del Movimiento Derecho al Futuro forman parte de esa estrategia. El acto de este sábado apuesta a exhibir respaldo propio, pero también pondrá a prueba una dificultad que todavía no resolvió. Convertir su poder territorial en una representación nacional capaz de trascender la provincia y reunir a sectores que no necesariamente comparten su proyecto.

La relación con Cristina es central para ese objetivo. Kicillof necesita ampliar su autonomía sin provocar una ruptura que fragmente todavía más al electorado peronista. El kirchnerismo, por su parte, debe decidir si está dispuesto a aceptar una conducción alternativa o si considera que la legitimidad de su liderazgo continúa siendo una condición para cualquier acuerdo. La discusión incluye candidaturas, pero también el balance de los últimos gobiernos, la política económica y -no menor- la responsabilidad por la derrota que llevó a Milei a la Casa Rosada. Sin una evaluación compartida de ese recorrido, la unidad corre el riesgo de limitarse a un entendimiento electoral.
Por el interior del país pide pista otra vez Sergio Uñac, quien lanzó su campaña presidencial con la intención de convertirse en una alternativa. Bajo la consigna “Por los hijos de todos”, busca construir una propuesta federal que discuta el peso de la dirigencia bonaerense en el armado nacional y reclame mayor protagonismo para las provincias en la definición de las candidaturas y del programa de gobierno. Uñac ya manifestó su intención de competir en una interna del PJ y aparece como una opción frente a Kicillof.
Sergio Massa ocupa otro lugar en ese tablero. El líder del Frente Renovador conserva vínculos con intendentes, parlamentarios y sectores del peronismo. Su regreso gradual a la escena pública y su buen diálogo con Máximo Kirchner lo mantienen dentro de la conversación sobre 2027. Su capital no es equivalente al de un gobernador en ejercicio ni al de una expresidenta que conserva una base militante propia. Se apoya, sobre todo, en su experiencia de gestión, en su cintura para la negociación y su relación con distintos sectores del sistema político.
La candidatura presidencial de Massa no está formalizada, pero su nombre forma parte de las conversaciones sobre la sucesión del liderazgo. El exministro de Economía tiene una ventaja y un límite en la misma trayectoria. Puede dialogar con sectores que desconfían entre sí, aunque su desempeño en la elección de 2023 y su paso por el Ministerio de Economía también forman parte del balance que el peronismo necesita discutir. Su desafío consiste en demostrar que puede ofrecer algo más que una mediación entre facciones y construir una propuesta que vuelva a conectar con las demandas sociales.

Orbitan, alrededor del ecosistema peronista, varios de los actores de siempre. Guillermo Moreno representa una vertiente que se mide más en el debate ideológico que en la posibilidad inmediata de ordenar una mayoría nacional. Eduardo Duhalde, que reaparece mostrándose cerca de la juventud y el uso de la IA, desde otro registro. Su figura funciona como referencia de una tradición pragmática que priorizaba la reconstrucción del poder antes que la uniformidad ideológica. Hasta Alberto Fernández intenta un lavado de imagen con entrevistas y recorridas por universidades. Todos se referencian en el peronismo, más nadie los aglutina y suman ruido a la conversación pejotista.
También sería un error reducir la interna a un par de nombres. La CGT exhibe una contradicción semejante. La central obrera mantiene su capacidad de representación institucional y su presencia en el mundo del trabajo, pero todavía no definió una estrategia compartida para enfrentar al Gobierno. La decisión de organizar una celebración propia, con un formato cultural orientado a públicos más jóvenes, expresa una búsqueda de renovación que excede la estética del evento. El sindicalismo necesita recuperar interlocución con trabajadores que ya no se identifican necesariamente con sus estructuras tradicionales y, al mismo tiempo, resolver qué lugar ocupará en la construcción política de 2027.